Agusto en Madrid

Tengo una amiga que es bruja. No una bruja arpía de película americana, ni de las de verruga como adorno en la nariz. Ella simplemente dice que ve cosas. Le hablas de alguien que no conoce y del que jamás ha oído una sóla palabra, y antes de que termines la frase ella la ha concluido. Acojonante. A veces me pregunto cómo es posible.

Últimamente me ha dado por escuchar Pereza. En las largas noches de sala y bunker, ya no soportaba oír una vez más el ya mítico condicional acosador de “si te vas, yo también me voy”; y me dio por rebuscar en mis listas de reproducción de quinceañera y volver a los orígenes. Talibán, Cómo lo tienes tu, El bar de la esquinay en bucle Madrid. Es de estas canciones que escuchas y te transmiten buena vibra, de estas que se te quedan en la cabeza, y te ves lo mismo en mitad de un atasco tarareándola que haciendo una actuación estelar en la ducha champú en mano. A veces me pregunto por qué pasan estas cosas.

Madrid siempre me ha apasionado. Adoro los sitios en los que todo convergen. Calles, estilos, bares, museos, personas, vidas, reencuentros, cambios. Todo se encuentra allí, todo tiene su espacio. Es la ciudad a la que todo el mundo ha ido, todo el mundo ha estado, pero nadie se sabe al dedillo. ¿No es bonito? Que siempre quede alguien por conocer, que siempre quede un lugar que visitar, que siempre anden abriendo algún bar, que siempre vaya todo de allá para acá. Caos. Un continuo vaivén de multiplicidad de situaciones. Nunca sabes quién o qué te llevará a Madrid. A veces me pregunto por qué me encantará la sensación de un futuro incierto.

Hay dos aspectos en la vida que son estáticos y a la vez variables: distancia y tiempo. ¿Por qué hay personas que sientes muy cerca estando físicamente muy lejos? ¿Cómo es posible estar al lado de alguien y sentirlo a kilómetros de ti? ¿Cuál es la explicación a conocer a una persona de unos pocos ratos y que sea como si hubierais compartido toda una vida? ¿Alguien me explica por qué puedes pasar años sin ver a alguien y que parezca que os tomasteis el último gin-tonic unas horas antes? ¿Son ocho años mucho tiempo con mucha distancia de por medio? ¿Cómo de rápido debe correr un mozo en San Fermín para coger suficiente distancia del toro? ¿Cuánto tiempo tardaría un pato mareado en aprender a bailar sevillanas a poca distancia de la maestra? ¿Es el punto medio de la distancia el más rápido para un encuentro? ¿Cuál es la mínima distancia que pueden aguantar norte y sur en un tiempo récord? A veces creo que me pregunto demasiadas cosas.

Mi cabeza es como una probeta de laboratorio: sólo sirve cuando mezclas cosas en ella. El vacío la llena de aire, la hace inútil. Lo sé, y por eso siempre ando en modo centrifugar. “Piensa rápido y acertarás” decía un sabio. Me lo tomé al pie de la letra, añadiéndole la coletilla “Piensa rápido y a todas horas y acertarás”. Pues metiendo en la coctelera de mi cabeza hueca todo lo anterior extraigo unas conclusiones del experimento. Debo volver a Madrid para acercarme a alguien del que me separa desde hace mucho tiempo una considerable distancia. Es la más lógica que extraigo del preparado. A veces me pregunto si mis pensamientos tienen tanta lógica como creo.

En todo caso, sí, tengo ganas. Me encantaría subir a Madrid. El frío calando mis huesos en el templo de Debod entrando por la calle Ferraz. Dejarme caer por la cuesta abajo y llegar a cualquier plaza adoquinada, abarrotada de gente y colores. Tumbarme y tomar el sol, la sombra o las nubes en el Retiro, viendo a los cursis besucones en las barquitas, viento en popa en toda barca. Los patos también se reiran conmigo al ver semejante panorama, y harán sus apuestas a ver quien vuelca canoa esta vez. Quiero ver todos los museos que dé tiempo, eso no es negociable. No puedo dejar que pase como con la exposición que me perdí de Kandinsky. Comer y beber por doquier. Siempre de eso por mil. Porque el condimento que pone Madrid, ese no lo consiguen en ningún sitio. Quiero almorzar y cenar en algún mercado, o en algún restaurante vintage, de esos que me emboban, de esos en los que miro mas el techo que el plato. Pobre mi acompañante que sufrirá aprendiendo de mi formación profesional mientras que sonrío, fotografío y doy explicaciones constructivas rápidas. Todo siempre al mismo tiempo. Y después copas, porque el vino no me va. Todas las necesarias. Elijo gin, en copa de balón, aliñada con alguna especia que tengan (baya, canela, pimienta, flores) y todo bañado con tónica. No es postureo, es el toque. Reír. Por todo lo alto. En el pretil más alto de la cubierta del hotel, andando, corriendo, comiendo, fumando, bebiendo, en la cama, en el metro, en el taxi… Quiero reír a todas horas. Que Madrid me sonría iluminando mi risa. Perder el tren y hacer esperar en traje en la estación, o perderlo y retrasar el regreso. O perderme y usar mi sexto sentido orientativo, y volvernos a encontrar. Reconducirme a un nuevo lugar o bar hasta entonces desconocido. Y aparecer allí en un rincón iluminado después de mil chapadas arquitectónicas, y que me resulte más bonito que antes porque tú estás allí. Quiero necesitar enchufes para cargar mi Canon, pero nunca mi Huawei, porque allí no lo necesitaré. Haber capturado con mi objetivo miles de momentos, y poderlos recordar a cada momento. Que gustazo. A veces me paso, y me pasa como en el cuento de la Lechera.

Ahora me pregunto si la profecía de mi amiga la brujilla es más que una predicción… Demasiadas coincidencias, y más de una propuesta para subir a Madrid. Promocionaré sus servicios si acierta. Disfrutaré todo y más en cuanto suceda.

Gran Vía 1953 Francesc Català Roca
Gran Vía – Edificio Capitol. Madrid 1953. Vía: http://turistasypiratas.blogspot.com.es/2015/02/madrid-en-cuatro-fotos-i.html
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